Puerto Rico puede tener energía limpia, fiable y equitativa. Se requiere lo siguiente.

Por Fred Krupp  y Ramón Cruz, presidente de Sierra Club

Puerto Rico se encuentra en el medio de lo que ha sido la temporada de huracanes más activa de la que se tiene registro y la enfrenta con un sistema de energía eléctrica antiguo y poco fiable. Los apagones, cada vez más frecuentes, dejaron a más de 400.000 personas a oscuras antes de que la tormenta tropical Isaías tocara tierra en el territorio estadounidense la semana pasada. Isaías es la última tormenta que ha puesto a prueba la preparación de Puerto Rico después de que el huracán María destrozara su red eléctrica en el 2017.

La falta de fondos federales para la reconstrucción de infraestructura crítica y la negligencia constante de la administración Trump han elevado el riesgo de que la próxima tormenta cause sufrimiento humano y daños inimaginables.

Hay pocos lugares donde la desigualdad social, económica y ambiental es tan palpable como en Puerto Rico. Apenas unos meses atrás, una serie de terremotos en el suroeste de Puerto Rico causó apagones generalizados y dejó a miles de personas sin hogar en Guayanilla y ciudades adyacentes. El coronavirus ha paralizado una economía que ya estaba considerablemente debilitada. Urge la ayuda necesaria para aliviar la situación.

La energía es vital para que los residentes de Puerto Rico puedan acceder a agua potable, alimentos y servicios de salud. Sin embargo, tres años después del huracán María, los trabajos de reconstrucción del sistema eléctrico apenas han comenzado y los apagones son habituales. Las comunidades rurales siguen siendo las más afectadas.

Complica aún más las cosas el precio que pagan los puertorriqueños por una energía sucia y poco fiable debido a una infraestructura de energía anticuada y centralizada. La mayor parte de la electricidad se genera en centrales eléctricas antiguas que queman petróleo y requieren importaciones costosas, y dicha electricidad luego se transporta mediante un sistema de suministro frágil y deteriorado. El diseño deficiente, que depende en gran medida de los combustibles fósiles, aumenta los costos de electricidad, ya de por sí elevados, y aumenta también la contaminación del aire que perjudica la salud de los habitantes.

Las medidas necesarias para corregir décadas de desaciertos en Puerto Rico son muchas. Una de ellas es tener un sistema energético fiable y resiliente creado para soportar un clima cada vez más volátil. Pero únicamente ser resilientes no es suficiente. Puerto Rico merece un futuro más limpio que priorice a las familias y comunidades vulnerables para brindarles una energía segura, asequible y confiable.

Los líderes en Washington y en San Juan deben buscar soluciones que surjan de las comunidades en la isla, que con la pandemia son incluso más vulnerables que antes del huracán María. Los legisladores pueden apoyarlas eliminando las barreras que mantienen un sistema centralizado y proporcionando incentivos para que las comunidades inviertan y desarrollen recursos distribuidos mediante el uso de energía solar en los tejados y otras tecnologías innovadoras.

Si bien es evidente la necesidad de reinventar la red eléctrica para que sirva mejor a todas las comunidades en la isla, hay antecedentes preocupantes de grupos de interés que representan grandes proyectos energéticos que se priorizan sobre el bien común. La mayoría de las comunidades tienen pocas esperanzas de que la Autoridad de Energía Eléctrica de Puerto Rico (AEE) responda a los reclamos generales a favor de una energía asequible y producida localmente, como lo son la energía solar en los tejados y la energía comunitaria.

Ahora la AEE tiene la posibilidad de implementar mejoras duraderas en la red eléctrica a través de su Plan Integrado de Recursos (PIR), una estrategia de 20 años sobre cómo los servicios públicos desarrollarán los recursos energéticos. Lamentablemente, el proceso ha sufrido demoras y las modificaciones de la AEE no cumplen con la promesa del gobierno de generar el 40 % de la energía mediante fuentes renovables para el 2025 y de que Puerto Rico supla el 100 % de la energía a través de fuentes renovables para el 2050.

La AEE y los líderes electos de Puerto Rico deben dar prioridad a la transición energética a largo plazo de la isla al escuchar activamente la opinión de las partes interesadas, incluida la de las comunidades y las organizaciones no gubernamentales. Estos grupos han demostrado un liderazgo implacable para satisfacer las necesidades apremiantes en medio de sucesivas crisis y merecen nuestra atención.

Es fundamental que los funcionarios públicos escuchen las inquietudes de las comunidades locales y su reclamo de descartar planes de construir nuevas centrales eléctricas de gas natural que harían que Puerto Rico dependiera aún más de combustibles fósiles contaminantes, cuando las soluciones más limpias y centradas en la comunidad podrían marcar el rumbo futuro.

Existen varias alternativas prometedoras para acelerar el crecimiento de la energía limpia. Los recursos energéticos distribuidos a nivel comunitario, como la energía solar e innovaciones recientes como las microrredes bajas en carbono (es decir, mini estaciones de servicio de energía limpia que funcionan respaldadas por el almacenamiento de batería), pueden ayudar a descentralizar y fortalecer la red.

Un enfoque centrado en las prioridades de la comunidad es la única manera de delinear el futuro energético de Puerto Rico a fin de que éste sirva a las personas, la economía y el medioambiente de forma justa y equitativa. Sierra Club y el Fondo de Defensa Ambiental están trabajando junto a las comunidades y las organizaciones locales para impulsar el desarrollo de recursos energéticos distribuidos y beneficiarse de la resiliencia climática que pueden brindar a la isla. La innovación en materia de energía limpia y el liderazgo comunitario son claves para lograr un sistema que pueda proteger a los residentes del archipiélago en la próxima tormenta y mejore la calidad de vida de todos los puertorriqueños.

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